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La ciudad que deseamos en la pospandemia

01/07/2020
Claudio Acioly Jr. *

Sería muy arriesgado hacer un pronóstico sobre la ciudad que renacerá luego de la recuperación económica en la pospandemia. Son muchos los factores a ser considerados y que influencian la sostenibilidad y la calidad de vida urbana. Podemos observar tendencias en ciudades globales que pueden ofrecernos pistas sobre el futuro que nos espera: algunas prácticas innovadoras y renovadoras, cambios incipientes de hábitos, actitudes y mayor concienciación de la sociedad para con su ambiente. Y observamos que se están adoptando políticas públicas. Londres, por ejemplo, priorizando la bicicleta y la movilidad no motorizada, con pedestres y ciclistas ganando el espacio demarcado en el territorio donde el automóvil era el rey absoluto, enfatizando la conexión entre movilidad y salud pública en política urbana promovida explícitamente por la alcaldía de la capital inglesa. Las ciudades holandesas, como Roterdam y Ámsterdam, implantando en todos sus servicios y espacios públicos la nueva normalidad de la economía de los 1,5 metros (la marca del distanciamiento entre personas en todos los niveles, situaciones y servicios que requieren interacción social), ciudades esas donde el ciclista ya es prioridad en movilidad y transporte, con ciclovías segregadas siendo partes integradas del planeamiento y gestión del territorio urbano. Las empresas, restaurantes y comercio abrazando por completo la prestación de servicios y entrega vía internet y demoliendo de un solo golpe el atributo de la localización del empleo, ofreciendo confort y comodidad para consumidores, y otro ambiente para el trabajo, prácticas estas que podrán alterar definitivamente el futuro de los negocios urbanos y la relación consumidor-proveedor de servicios en un contexto de aglomeración y ciudad compacta.

Hanoi, así como todas las grandes ciudades de Vietnam, demuestra la importancia de la gobernanza del territorio y de la articulación nacional-local en políticas públicas, aliada a una comunicación intensa e innovadora – utilizando música y artistas famosos – adoptando transparencia en las acciones del poder público local, poco usual en un país gobernado por un partido único. Demuestra también el poder de la tecnología aliada a una máquina de compilación de información a través de una aplicación de teléfono celular, obligatorio para todos los ciudadanos o residentes en el país, con la capacidad de rastrear y categorizar individuos conforme su localización en el territorio de la ciudad, codificando su estado de salud así como dónde y cuándo tuvo contactos, testeando focos, y de esa forma permitiendo una respuesta inmediata de aislamiento y tratamiento por cuenta del Estado. El virus fue tratado como un enemigo de guerra. La respuesta de los gobiernos nacionales y municipales generó una unanimidad y aval en la sociedad, resultando en un enorme éxito en impedir la transmisión comunitaria del virus, bajo número de fallecimientos, y permitiendo la reapertura de la economía y actividades urbanas esenciales para su población poco tiempo después de detectar su primer caso de contagio. Sin duda se produjo un cambio y ajuste en el comportamiento de las personas, incluso considerando el nivel de organización social existente en el ámbito de los barrios y distritos, y la presencia de las estructuras del partido. Es bueno subrayar que Vietnam, con sus casi 100 millones de habitantes, posee una extensa frontera con China, el epicentro de la pandemia, e incluso siendo mucho más pobre que sus vecinos China, Corea y Japón, logró hacer lo que en países más ricos fuese un fracaso rotundo. Vale mencionar que, en Brasil, la aplicación Colab, desarrollada por la empresa de ese mismo nombre, es ampliamente utilizada más de un centenar de ciudades, entre ellas Niterói, Recife, Teresina, Maceió, Mesquita, Santo André, Juiz de Fora, Campinas, Santos y Pelotas en sus sistemas de gestión del territorio y de la relación con la ciudadanía. Una aplicación simple, pero poderosa que ayuda al gobierno municipal a gerenciar las demandas de la ciudadanía y monitorear la respuesta y los procesos de gestión y toma de decisiones, aumentando así la eficiencia y eficacia de las administraciones públicas. Colab transforma la relación gobierno-ciudadano de forma espectacular. La Colab y la Epitrack construyeron una herramienta voluntaria de vigilancia participativa durante la pandemia, muy semejante al implantado en Vietnam (pero no obligatoria), hoy con cerca de 150.000 participantes. ¿Cómo sería la situación en los centros urbanos brasileños si fuese adoptada como obligatoria para todos, permitiendo a los gobiernos monitorear y rastrear las fuentes de transmisión? ¿Hasta qué punto estaríamos dispuestos a infringir derechos constitucionales de privacidad y anonimidad en una situación denominada por algunos alcaldes como “contexto de guerra”?

En Rotterdam, las bicisendas segregadas cruzan toda la ciudad
Rotterdam: Área de revitalización del centro urbano, con utilización mixta y retorno del uso habitacional de varias tipologías. Área que el 14 de mayo de 1940 fue devastada por el bombardeo de la fuerza aérea alemana.

Esos ejemplos diferentes nos brindan algunas lecciones que ciertamente estarán asociadas a la nueva generación de políticas y prácticas de gestión y planificación urbana territorial que probablemente surgirá en la ciudad pospandemia. La maximización del trabajo a distancia, la formación y el entrenamiento online, y la penetración de la telefonía móvil en el mundo de los servicios y negocios traerán beneficios tremendos para la población y transformarán profundamente el mercado de trabajo. Las aplicaciones y las plataformas digitales se consolidaron como vehículo de interacción y debates durante la crisis del Covid19 y estarán muy presentes en la ciudad de la pospandemia y colocarán en discusiones cuestiones súper actuales relativas a seguridad de los datos personales, privacidad, anonimidad, derecho de información y combate a la desinformación o “fake news”. La ciudad que deseamos en la pospandemia será una ciudad con muchos recursos da gobernanza, conectada, informatizada, promoviendo a conectividad y redes, y ofreciendo a sus ciudadanos información y servicios de utilidad pública en la punta de los celulares.

Es en la ciudad donde la tecnología y los diversos tipos de participación ciudadana prosperan y se reinventan. Los ejemplos de los Países Bajos y de Vietnam, demuestran paradójicamente la relevancia de la aglomeración y de la economía de escala. Se convierte en una ventaja para el combate y eficiencia de respuestas frente a una pandemia con velocidad de transmisión de esas proporciones. Sacando ventaja de la proximidad, accesibilidad y concentración de población y servicios esenciales. Conspiran contra las tesis y apologías negativas, maquiavélicas, de que las altas densidades de las ciudades serán el verdugo de su existencia y por eso justifican la promoción de modelos de ciudades jardín, las ciudades explayadas de baja densidad, el urbanismo sanitarista, igualmente costoso para sus gobiernos y ciudadanos. No podían estar más equivocados. La ciudad que deseamos en la pospandemia deberá ser una ciudad conectada, compacta, sostenible y con espacios públicos accesibles a todos.

No fue la primera y ciertamente no será la última vez en la historia de la humanidad que una crisis de salud pública detonada por una pandemia viral de proporciones globales coloca a prueba la esencia de la ciudad. También no será la primera ni la última vez que veremos propuestas sanitaristas para transformar la configuración espacial de las ciudades como forma de adecuarlas para lidiar con epidemias, pandemias, pestes y crisis derivadas de enfermedades transmisibles. La ciudad es una construcción social y el ser humano es un homo urbis por naturaleza. La aglomeración y concentración de personas y negocios es su esencia. El Covid 19 pone a prueba la capacidad de las ciudades de sobrevivir y reinventarse para continuar cumpliendo sus funciones de centro de transformación social y tecnológica, como sucedió antes con la fiebre española, la peste negra, entre otras.

La ciudad de la pospandemia será el locus donde la innovación y economía de escala y las ventajas de la aglomeración ofrecen oportunidades de generación de bienestar y prosperidad para todos sus habitantes. Los estudios de Jane Jacobs en el siglo pasado y más recientemente del Banco Mundial y de la ONU-Habitat evidencian a la ciudad como el motor de desarrollo. Para tal, resulta esencial contar con políticas públicas y una gestión urbana eficiente para que la ciudad pueda recorrer la ruta del desarrollo urbano planificado y sostenible y producir así desarrollo económico con igualdad de oportunidades y sostenibilidad. Que su territorio y su gestión sea un campo fértil del carácter emprendedor intelectual, tecnológico, social y político. La gestión del territorio de la ciudad evidencia la importancia de los gobiernos municipales, su capacidad institucional, y la capacidad de liderazgo de sus gobernantes para definir una visión de ciudad que ofrezca oportunidades para todos sin que comprometa la calidad del ambiente natural onde se inserte, y para colocar en marcha políticas, programas, proyectos y acciones para materializarla en un futuro próximo. Felizmente tenemos muchos ejemplos y referencias.

Muchas ciudades adoptaron la Agenda 2030 de desarrollo sostenible y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como base de sus políticas locales con miras a la construcción de una ciudad sostenible, segura, resiliente e inclusiva tal cual lo establece el ODS11. Nueva York fue pionera y la primera en lanzar su informe voluntario de revisión de la implementación de la Agenda 2030 en su territorio. Tenemos buenos ejemplos en Teresina, Niterói, Porto Alegre y ahora en Río de Janeiro. Niterói realizando su primer informe voluntario. La Agenda 2030 es una agenda transformadora, universal, construida sobre el principio de la igualdad y prosperidad para todos, fundamentada en los derechos humanos, con el objetivo de no dejar a nadie atrás en el desarrollo y realización de las aspiraciones humanas. La ciudad es un locus de oportunidades y de oferta de bienes y servicios esenciales al desarrollo social y económico de la humanidad, concentrando oferta y eficiencia de costo y accesibilidad universal, pero también es fuente de serios problemas cuyos impactos son planetarios tales como las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), la contaminación ambiental, la desigualdad social y la violencia. Las ciudades concentran hoy más del 55% de la población mundial y también producen ¾ de las emisiones globales de GEI y son responsables por 75% del consumo de energía. Los cambios climáticos están conectados a los efectos de la urbanización, principalmente con la urbanización predatoria e informal que demuestra la ausencia del poder público local. Con el Acuerdo de París, ratificado por la mayoría de las naciones, se comprometen a reducir las emisiones globales de GEI en el contexto del desarrollo sostenible y reducir la temperatura del planeta. Esas agendas y compromisos globales subrayan la importancia de las ciudades. Por lo tanto, la solución de los grandes retos planetarios será encontrada en las ciudades. Como dijo el Exsecretario General de la ONU, Ban Ki Moon, “nuestra lucha por la sostenibilidad global será vencida o perdida en las ciudades”.

Mas, repentinamente, como un tsunami, la pandemia del coronavirus desafía esas agendas y metas globales y afecta duramente a las ciudades y sus habitantes, indistintamente sean países ricos o pobres, y se convierte en un único enemigo global. Sin piedad, paraliza el sector de negocios y arrasa la economía urbana en general, y coloca en situación de riesgo a aquellos que ya estaban en situaciones de vulnerabilidad, viviendo en las periferias, favelas y asentamientos informales de ciudades en el mundo en desarrollo. Según ONU-Habitat, antes de la pandemia, ya teníamos en el mundo cerca de mil millones de personas viviendo en situaciones precarias en las favelas, barriadas, villas, katchi abadis, asentamientos denominados internacionalmente como “slums”. En América Latina, por ejemplo, donde se espera que 85% de la población viva en áreas urbanas hasta 2030, hoy en día cerca de 24% de la población ya se encuentra en situación de precariedad. En Brasil, según el IBGE, son más de 5 millones de viviendas irregulares. Según una encuesta publicada por la Comunidad Door, Brasil tiene 13,6 millones de habitantes de favelas que mueven cerca de R$120 mil millones por año. Esos datos comprueban el poder de la economía de escala y de aglomeración.

Para imaginarnos la ciudad en la pospandemia en los países en desarrollo, la ciudad ideal, sostenible, inclusiva, segura y resiliente que deseamos en el futuro para la próxima generación, resulta esencial contar con un conocimiento adecuado de la ciudad prepandemia, de sus problemas, sus retos y sus fortalezas y vocaciones. Y así entender mejor su situación durante la pandemia, su capacidad de respuesta, cuando ciertos retos y debilidades se profundizan, pero afloran también sus fortalezas y capacidad y poder de adaptabilidad para lidiar con una crisis de esas proporciones. Algunas ciudades innovan y adoptan políticas arrojadas para lidiar con una externalidad de esa naturaleza. Algunas poseen medios y recursos y fuentes de recaudo seguras y bien estructuradas, otras mucho menos. Algunas ciudades son más resilientes que otras. Poseen algunos atributos en su gestión, en su ciudadanía, base económica y empresariado local cumpliendo su función de responsabilidad social y condiciones geográficas que le proporcionan cierta ventaja con relación a otras. En ese sentido, las ciudades en los países en desarrollo salen con una desventaja enorme con relación a sus pares en los países más desarrollados en un maratón contra el Covid 19 sin tiempo ni lugar para aislarse. Su de recaudo, su territorio sin planificación, la existencia de grandes áreas informales desprovistas de infraestructura básica, empleo informal en gran escala, débil capacidad institucional y una gran desigualdad social, económica y espacial. Si ya teníamos una ciudad problemática antes de la pandemia, el coronavirus exacerbó sus problemas y las diferentes vulnerabilidades sociales, económicas, ambientales y territoriales.

Independientemente, tanto en la ciudad formal como en la informal, la economía de escala y las ventajas del hacinamiento de personas y empresas se pusieron a prueba de manera sin precedentes durante la pandemia. Cuando se impuso la cuarentena y se tomaron fuertes medidas de distanciamiento social para controlar la velocidad de transmisión del virus, incluyéndose la paralización del transporte público, poblaciones enteras se vieron obligadas a retirarse del dominio público, dejando espacios públicos vacíos y negocios desapareciendo y una ciudad que vive en silencio y con miedo a un enemigo invisible. En Río de Janeiro, por un lado, la retirada de la población de playas, calles, espacios públicos y lugares de cultura y entretenimiento reveló la belleza única de los lugares, su arquitectura, la naturaleza exuberante, el aire fresco, la vida animal y el silencio urbano emergente y prevaleciendo en el ambiente de la urbanidad. Las playas recuperan sus aguas cristalinas, la costa de Botafogo recuperó su transparencia olvidada en el tiempo. La pandemia dio a conocer a la vista de todos, la capital espacial de una ciudad y sus atributos urbanos y arquitectónicos. Por otro lado, la pandemia ha tenido un efecto dramático en las personas que operan en el sector informal, pero que viven en favelas y barrios marginales y de bajos recursos, y que dependen de la economía de aglomeración para sus ingresos diarios. El entorno compacto de la ciudad es fundamental para la sostenibilidad de sus negocios y medios de subsistencia, pero también es el espacio de riesgo de transmisión cuando una pandemia se convierte en una amenaza para la salud de una población concentrada en áreas que carecen de infraestructura, espacio público y accesibilidad, viviendo en hogares inadecuados y sobreviviendo de su propio trabajo e ingresos irregulares.

Las políticas de distanciamiento social eliminaron de inmediato la aglomeración de personas en la ciudad formal, el lugar de donde obtenían recursos para producir una comida diaria y un ingreso mínimo para mantener a sus familias. La población pobre que vive en la economía informal ha sido doblemente penalizada. Además, el colapso de la cadena de suministro de varias compañías de pequeña escala ha resultado en la bancarrota de muchas tiendas, negocios y la pérdida de empleos en un efecto dominó. Hoy, el FMI y la OIT informan que más de 1.600 millones de personas ya han perdido sus empleos en el mundo. Esto equivale a la población de India y Brasil juntos como una masa de desempleados en un momento sin precedentes en la historia.

Cheonggyecheon, una corriente revitalizada después
de la demolición de una autopista suspendida de
6 km de largo en Seúl, Corea del Sur, por la cual
circulaban 170.000 vehículos diariamente, ahora se está
creando un moderno espacio de recreación pública y el
mayor parque urbano horizontal del planeta, la Vía Verde
de Seúl.

Las personas que ya vivían en viviendas inadecuadas, con pocos servicios y hacinadas en sus residencias en barrios marginales y asentamientos informales también se vieron obligadas a confinarse. Hay varios informes sobre el estrés y la violencia doméstica, además de la pérdida de la seguridad alimentaria y los ingresos básicos. Los hogares encabezados por mujeres se vieron particularmente afectados por este encierro forzado. La crisis pandémica ha demostrado inequívocamente que lo que impulsa la economía de una ciudad es su gente, su capital humano. En Río de Janeiro esto es evidente. Retíralo de los espacios públicos, ponlo en cuarentena y confinamiento, y la economía urbana se derrumba por completo. Sin la demanda de sus productos y sin sus empleados, las tiendas y los negocios no pueden funcionar y no pueden generar ingresos. Son cadenas de relaciones y transacciones económicas que se han disuelto por completo. Si existe una lección de esta crisis, es que las personas son las que hacen girar el engranaje de la economía y las políticas públicas deben centrarse en las personas y producir resultados interconectados de sustentabilidad social y económica.

La ciudad pospandémica en los países en desarrollo tendrá que articular procesos que den como resultado políticas y programas que respondan a la demanda de la ciudadanía y las necesidades específicas de sus grupos sociales más vulnerables para crear una base de sustentabilidad social para las generaciones futuras. Y así fortalecer su capital humano. La urbanización e integración de los asentamientos informales con inclusión social y desarrollo económico local tendrá que ser una parte integral de la política urbana en la ciudad pospandémica.

También pudimos observar que la contracción de las diversas actividades económicas asociadas con la ausencia forzada de personas, automóviles y transporte público del territorio urbano se vieron acompañadas por una mejora significativa en la calidad del aire, causando un impacto directo en la huella de carbono de las ciudades. Las fotos satelitales que monitorean las emisiones de gases de efecto invernadero en Río de Janeiro, San Pablo y Brasilia mostraron una caída notable al comparar datos de 2019 y 2020. Las calles vacías y el aislamiento de las personas revelan la cuestión de la sostenibilidad ambiental, el uso del suelo y las prácticas de ocupación del territorio urbano, y fundamentalmente subrayan la esencia de la planificación y gestión de la ciudad. ¿Qué tipo de ciudad queremos en el futuro de la pospandemia en los países en desarrollo?

Para responder a esta pregunta, es necesario dar un paso atrás y, como dije antes, evaluar el contexto de antes, durante y después de la pandemia y la complejidad de la formulación e implementación de políticas públicas. ¿Qué funcionó y qué no funcionó antes de la pandemia en términos de planificación y gestión para la sustentabilidad? La informalidad urbana y habitacional muestra una faceta del fracaso de la gestión urbana, la pérdida de control sobre la gestión del suelo urbano y la falta de regulación habitacional y los mercados inmobiliarios. Mercados excluyentes que empujan a la población hacia la renta informal y la ocupación de la tierra informal también. El exceso de automóviles y la baja calidad del aire demuestran los errores de la movilidad urbana y de las políticas de transporte público. El aumento exponencial en el volumen de residuos sólidos producidos en la ciudad acelera el ritmo de saturación de los vertederos y demuestra la falta de una estrategia de economía circular, que conecte el consumo y la producción, y las prácticas de reciclaje y reutilización de la materia prima considerada residuo, como parte integral de una política urbana. La cuestión energética sigue siendo embrionaria en las ciudades de los países en desarrollo. La energía solar, eólica y eléctrica se está introduciendo en gran escala en varias partes del mundo. Las ciudades en Asia y Europa están transformando su matriz energética e introduciendo el automóvil eléctrico y las flotas de transporte público abandonando así los combustibles fósiles y promoviendo el transporte motorizado eléctrico. La ciudad pospandémica tendrá que cuidar su capital ambiental con mucho cuidado y reducir significativamente el volumen de emisiones de GEI.

El hecho es que la construcción de la ciudad que deseamos en la pospandemia, sostenible, resiliente, segura e inclusiva, de acuerdo con el Objetivo de Desarrollo Sustentable 11 de la Agenda 2030, debe reunir sustentabilidad social, económica, ambiental y espacial, que sería el resultado de una nueva generación de políticas públicas, bajo el liderazgo de gobiernos municipales y líderes municipales apoyados por equipos técnicos dotados de experiencia, habilidades y conocimiento de la realidad local de la ciudad. Tener autonomía política y administrativa, capaces de movilizar los medios y recursos de su base territorial y fiscal, y abastecerse de herramientas legales para planificar su territorio con un enfoque en el capital humano y en la sustentabilidad de su medio ambiente e involucrar al sector privado, la sociedad civil, las universidades y los diversos actores en la construcción de una visión de la ciudad que deseamos en la pospandemia.

(Artículo publicado originalmente en https://capitalmundialdaarquitetura.rio/prospectivas/). Fotos: Claudio Acioly Jr.

* Claudio Acioly. Jr es arquitecto y urbanista, especializado en Vivienda, Urbanización de Favelas y Gestión del Desarrollo Urbano, con más de 35 años de experiencia en más de 30 países, donde trabajó en la gerencia y ejecución de programas habitacionales y políticas urbanas junto al PNUD, Banco Mundial, ONU-Habitat, UNECE, CEPAL, GIZ, Unión Europea, agencias de cooperación bilateral, actuando como asesor residente o consultor especializado, prestando asesoramiento técnico a gobiernos locales y nacionales, organizaciones bilaterales y multilaterales.

Vea la biografía de Claudio Acioly Jr. y de otros oradores de UIA2021RIO en https://www.gapcongressos.com.br/eventos/z0140/palestrantes.asp



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