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El corona y la Ciudad 21

El lugar de la convivencia social es el deseo mayor de todos nosotros, confinados.

La pandemia evidencia dos razones esenciales de la ciudad: lugar de convivencia y lugar de desarrollo.

Con el avance de las redes sociales, investigadores indagan sobre la influencia de los nuevos medios de comunicación con relación a los espacios de la ciudad. ¿Quedarán debilitados? ¿Serán aun necesarios?

En excelente libro sobre movilidad urbana, el profesor español Manuel Herce dio una respuesta parcial. Demostró que los desplazamientos “casa-trabajo-casa” y “casa-estudio-casa” suman en Barcelona tan solo 45% de los desplazamientos en día hábil. Aumentan los desplazamientos para el ocio, para la salud, para el encuentro entre amigos. Es el espacio urbano que se justifica.

La pandemia, con el aislamiento, dio la respuesta empírica: el espacio público, el lugar de la convivencia social, es el deseo mayor de todos nosotros, confinados. Queremos andar por las calles, queremos el encuentro previsto o imprevisto, soñamos con la libertad de deambular en el espacio de la ciudad. Esa razón del origen de la ciudad, que a muchos parecía debilitada, demuestra su fuerza y su valor en nuestro deseo.

La otra razón esencial de la ciudad, el lugar del desarrollo, ha sido objeto de estudio de la socióloga holandesa Saskia Sassen, que acuñó el término ciudad global. Según ella, estas ciudades son el centro de los intercambios económicos, sociales y culturales del mundo, superando a veces incluso hasta sus propios países. Permanentemente cualificadas en urbanismo, infraestructura y servicios, son centros de conocimiento, ciencia y arte.

No solamente las ciudades globales son lugar de desarrollo. Todas tienen el potencial de amplificar las condiciones económicas, sociales y culturales de la región que polarizan.

Pero la pandemia puso al desnudo nuestras fragilidades urbanas. Mostró las enormes desigualdades en el acceso a las infraestructuras, a los bienes y a los servicios públicos.

Es que Brasil, viendo el desarrollo tan solo como crecimiento económico, sin proyecto de país, dejó de lado a sus ciudades. Se le delegó al PBI suplir las deficiencias cuando viniese a ser maravilloso. Nuestro mayor patrimonio material está relegado hace décadas, sin nunca haber sido cuidado. Pero es en él donde viven casi todos los brasileños y se produce la mayor parte de la riqueza del país.

Así, nuestras grandes ciudades están mal. San Pablo y Río, por ser megaciudades, poseen un enorme potencial de interés mundial, hoy sumamente sufocado.

Se pierde parte expresiva de su valor porque regiones enteras no ofrecen condiciones para que los pequeños negocios y las familias progresen. Y no lo ofrecen porque les falta infraestructura, servicios públicos, seguridad, les falta Constitución.

Y la energía emprendedora de esas familias, fundamental para la movilidad social y progreso de la ciudad, queda reprimida. Una energía poderosa represada injustamente.

Es en la ciudad entera cuidada, con los servicios públicos universalizados, bajo el dominio del Estado, y no del bandolerismo, donde está el lugar del desarrollo.

La crisis mostró también la interdependencia entre economía, política, sociedad, ambiente, planeta y ciudad. “La revelación fulminante es que todo lo que parecía separado está conectado”, dice el filósofo francés Edgar Morin, al “Le Monde”.

Después del corona, tendremos cambios en la sociedad, en la economía, en la cultura y en la ciudad. Es posible que emane de allí la Ciudad 21, atenta al ambiente, al clima, a los buenos espacios, a la reducción de las desigualdades intraurbanas, teniendo al ciudadano como foco. Emmanuel Macron, presidente francés, dijo que será necesario reponer a la Humanidad en las relaciones políticas y de Estado.

Conviene rever a Edgar Morin, en la entrevista a Nicolas Truong, traducción de Clovis Marques: “El período posterior a la epidemia será una aventura incierta en la cual se desarrollarán las fuerzas de lo peor y de lo mejor, siendo estas aún débiles y dispersas. Consideremos, en fin, que lo peor no es lo correcto, que lo improbable puede suceder y que, en el titánico e inextinguible combate entre los enemigos inseparables que son Eros y Tánatos, es saludable y tonificante tomar el partido de Eros.”

Es nuestra esperanza equilibrista.



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